sábado, 6 de agosto de 2016

NUEVA HISTORIA DE LA LITERATURA HISPANOAMERICANA DE GIUSEPPE BELLIINI Y HUMBERTO PINEDO

César Vallejo
El fervor poético de las primeras décadas del siglo xx está dominado en
el Perú por la grandiosa figura de César Vallejo (1892-1938). Hombre de vida
especialmente inquieta, sufrió persecuciones por sus ideas políticas. Vivió
en la extrema indigencia y murió exiliado en París.
Vallejo se inició, como era lógico, en la estela del Modernismo: sus
primeros maestros fueron Darío, Herrera y Reissig y Lugones. Los heral­
dos negros (1918), su primera obra lírica, testimonia esta orientación ini­
cial; más tarde, sin embargo, se volvió hacia la Vanguardia y en ella encon­
tró su voz genuina, roto definitivamente todo vínculo con el pasado,
dando comienzo a la renovación concreta de la poesía peruana.
Para comprender la poesía de César Vallejo es necesario conocer su
concepción de la vida. De la figura del poeta se nos ha transmitido una
imagen que lo presenta manso, un hombre casi a la deriva. Como mestizo,
tomó inmediatamente partido por los oprimidos y los desheredados. Las
barreras raciales lo relegaban a la marginación en una sociedad dominada
por injustificados prejuicios, sorda a las llamadas de la dignidad humana
y de la caridad. Vallejo interpretaba con otros ojos el mundo y la patria,3 4 4 NUEVA HISTORIA DE LA LITERATURA HISPANOAMERICANA
a la que veía concretarse en la teoría sin fin de las injusticias sociales. La
opresión material era opresión también del espíritu. Un tono amargo pre­
side, por consiguiente, la lírica de Vallejo, presta tonos angustiados a su
verso, dominado por colores sombríos, siempre agitado. Él ve naufragar
al hombre en la desolación, en la injusticia y el atropello. Esto lo lleva a
reprochar incluso a Dios su falta de experiencia del dolor humano, ya
que, si la hubiese tenido habría actuado de otro modo tendiéndole a la
humanidad una mano misericordiosa.
La sensación de soledad llena de ecos sombríos la poesía vallejiana,
pese a lo cual el poeta alcanza, al menos en una ocasión, en el poema
«Dios» de Los heraldos negros, el significado del sufrimiento divino y
siente la solidaridad que ese sufrir significa. Son momentos breves, sin
embargo, en la soledad que circunda al hombre, cuando nada — ni siquiera
Dios— interviene, crece la hermandad humana, del ser que sufre hacia
quien sufre, y se manifiesta en actitudes de protesta, de rebeldía contra las
estructuras esclavistas y los prejuicios que rigen el mundo.
Trííce (1922) es el libro que mejor refleja la actitud de denuncia y la
rebeldía de Vallejo. Desde el punto de vista formal, representó un pro­
nunciamiento contra la tradición literaria imperante, la afirmación de
una libertad personal que se expresó en el recurso al verso libre, el rechazo
de toda norma establecida en lo que respecta a la lógica y a la sintaxis,
en el predominio de las imágenes, de la metáfora. Por lo que atañe a la
sensibilidad y la temática, significó la superación de todo recuerdo
modernista. Si bien existen, com o es natural en un desarrollo lógico,
puntos de contacto con Los heraldos negros, en cambio es totalmente
nueva la imagen de un mundo agitado, que hunde sus raíces en el sub­
consciente, pero también en una realidad presentada sin encubrimien­
tos en su injusticia y brutalidad, denunciada con sinceridad y crudeza
como fuente del dolor humano.
Alguien ha puesto de relieve que en el Vallejo de Trilce, al igual que
en el del libro poético sucesivo, Poemas humanos, que apareció pos­
tumo en 1939, no encuentra lugar la poesía deshumanizada; el poeta
participa activamente en su mundo, comparte el dolor del mismo. El
verso de Vallejo es testimonio de una solidaridad esencial con el hom­
bre, confirma la profunda participación del poeta en la situación de su
gente. El vanguardismo de Vallejo tiene raíces que ahondan en el sen­
timiento, se hace original tanto en los cantos al amor exótico com o
cuando refleja las reacciones que produce en él la vida de todos los
días, la herida aguda de la injusticia, la tristeza de la soledad. En la pri­
mera com posición lírica de Los heraldos negros, que da título al libro,
Vallejo denuncia la dureza de los golpes de la vida, el peso aplastante
que significa para el hombre:LA POESÍA DEL SIGLO XX: AMERICA MERIDIONAL 345
Hay golpes en la vida tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Toda la poesía vallejiana se mueve siguiendo las mismas directrices,
expresa continuamente tragedia, denuncia un vivir que es sólo pena. Con
esta perspectiva es lógico que todas las cosas se presenten tristes, nega­
tivas, y que siempre sean motivo de reflexión. Incluso el paisaje peruano,
paisaje del alma, está transido de tristeza; en él la lluvia tiene un signifi­
cado de pena y de nostalgia, de exasperado sentido de la destrucción, es
dolor. Véase en “Lluvia», donde la reflexión se desvía hacia consideracio­
nes fúnebres:
En Lima... En Lima está lloviendo
el agua sucia de un dolor
qué mortífero!...
... cae, cae el aguacero
al ataúd de mi sendero
donde me ahueso para ti...
Q ué lejos está el tono dannunziano que acompañó en el período
modernista tantas lluvias hispanoamericanas. El sentimiento desespe­
rado del transcurso del tiempo lo domina todo con significado fúnebre.
Sin duda no es un motivo nuevo, pero en Vallejo se expresa en términos
inusitados, de dramatismo inmediato en «Unidad», muy cercanos por el
sentido de la «hora irremediable», al Q uevedo de «Reloj de campanilla»,
evocando la fuerza bruta de la tragedia, siempre al acecho, por encima
del radical cansancio de la vida.
En TrilceL· lluvia, la tristeza, el sentimiento angustioso del límite entre
las cuatro paredes de la cárcel, la miseria de la lucha diaria contra el ham­
bre, son motivos constantes. Sin embargo, los colores se vuelven más
sombríos, para desembocar, con acentos surreales, en el lúgubre canto
LXXV, donde se vuelve desesperado el sentido trágico de la existencia,
coincidiendo, incluso con toda su originalidad, con el Quevedo moralista
de los Sueños.
Trilce es el último vínculo de Vallejo con los elementos familiares, con
el amor y con la patria. Tras este libro, el poeta abandonó, en efecto, el
Perú y se estableció en París, donde llevó una vida de privaciones. En
tanto que comunista convencido, asumió la tarea de cantar el sacrificio
diario del hombre, construyendo en los Poemas humanos una descon­
certante epopeya. Esta obra representa la parte más valiosa, singular y
dramática de su lírica; con toda justicia se ha dicho que en ella VallejoNUEVA HISTORIA DE LA LITERATURA HISPANOAMERICANA
no cuenta con precedentes; que, en este caso, es a la poesía, lo que el
Cubismo es a la pintura; el poeta sabe ser, al igual que Picasso, tan clá­
sico com o el mejor de los clásicos. Su mundo es cada vez más amargo;
la angustia metafísica va en aumento, la nostalgia transporta aún, en se­
creto, hacia los lugares y cosas familiares; sin embargo, el poeta reac­
ciona ante la seducción para captar con mayor intensidad el sentimiento
del fin, el asedio desolado de la nada, el espectro de la muerte. Con acen­
tuado tormento lo asaltan los interrogantes que implican el por qué de la
vida, del destino humano, la causa por la que el hombre oprime y mata,
tiene que sufrir y hacer sufrir eternamente y finalmente morir.
En la base de una visión tan angustiada y sombría está, además de sus
experiencias personales, la tragedia de la guerra civil española. El derra­
mamiento de la sangre fraterna en el solar ibérico significó para Vallejo
un impacto similar al que experimentó Neruda, y en él despierta un sen­
timiento de viva solidaridad con el pueblo. Estos sentimientos encuen­
tran expresión en España, apatía de m í este cáliz (1937-1938), tal vez lo
más elevado que haya producido la poesía comprometida, tanto en
España como en América, pero ya están vivos en varias composiciones
de los Poemas humanos, aunque en éstos, se ha destacado, el poeta haya
puesto principalmente el acento en la vida del subconsciente. Vallejo
tiene siempre presente su experiencia, su situación desolada que lo lleva
a singulares predicciones sobre su propio fin:
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París — y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Esto escribe en «Piedra negra sobre piedra blanca». Sin embargo, par­
tiendo de motivos personales, se acentúa todavía más la nota de la soli­
daridad humana, comprendida la desgraciada esencia del mundo, el dolor.
En las composiciones líricas de España, aparta de m í este cáliz la poesía
brota del sufrimiento de los humildes, de la gente sencilla, carente de cul­
tura pero rica en valores espirituales que el hombre vulgar no percibe. El
proletario de Vallejo muere «de universo»; en el obrero ve el poeta al «sal­
vador, redentor nuestro», y alcanza a formular un alto mensaje de espe­
ranza: «Marcha hoy de nuestra parte el bien ardiendo.»
La emoción nace de la sencillez elemental de los protagonistas que,
de una manera inconsciente, encaman el símbolo de un heroísmo carente
de retórica. Como Pedro Rojas, muerto, que solía escribir «¡Viban los com­
pañeros!»: su estatura, humana y mítica, surge de la nota trágica de su ins­
cripción amorosa, donde falla la ortografía; surge de la consideración deIA POESÍA DEL SIGLO XX: AMÉRICA MERIDIONAL 347
lo que resta de su grandeza humana tras la injusta muerte: una cuchara
nueva en el bolsillo de la chaqueta, el signo más profundo de su huma­
nidad. Vallejo capta con viva sensibilidad la dimensión humana del sacri­
ficado: su manera de vivir, su modo de nutrirse, el mundo de recuerdos
y afectos tiernísimos, los grandes ideales expresados con ingenuidad, su
estar, en suma, «lleno de mundo». Por estos motivos Pedro Rojas adquiere,
a su muerte, categoría de símbolo:
Lo han. matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vázquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.
Pedro Rojas, así, después de muerto,
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
-¡Viban los compañeros! Pedro Rojas.»
Su cadáver estaba lleno de mundo.
Gran poeta, infravalorado algunas veces en América a propósito, por
razones políticas, Vallejo es una de las más elevadas expresiones de la
poesía hispanoamericana de todos los tiempos. También fue autor de
novelas como Tungsteno (1931), libro muy amargo, de trágicos mascarones,
dominado por un compromiso apasionado, origen de un desequilibrio
frecuente, aunque eficaz en la denuncia de la situación de los trabajado­
res de las minas peruanas. También publicó otras prosas: Fabla salvaje
(1923), Hacia el reino áe los Sciris (1944), e interesantes relatos reunidos
en Escalas (1923) y Paco Yunque (1951).
La influencia de César Vallejo se hace sentir largamente en la poesía
peruana, tanto la de su tiempo com o la posterior a su muerte, y sobre
parte de la hispanoamericana. También el tema indigenista recobra vita­
lidad; se expresan protestas de justicia social que implican la política y,
por lo tanto, acaban siendo la causa frecuente de persecuciones y exilios.
A estos temas, con las consecuencias dichas, se dedicó Luis Nieto (1910),
autor, entre otras obras, de Los poem as perversos (1932), Puños en alto
(1938), La canción herida (1944) y Charango (1945). Manuel Moreno li­
meño C1913) se dedica a interpretar con viva participación el drama del
hombre contemporáneo en libros com o A sí bajaron los perros (1934), Los
malditos (1937), La noche ciega (1947), Hermoso fuego C1954), luego reu­
nidos en Centellas de la lu z (1981). Augusto Tamayo Vargas (1914) es intér­
prete de temas descriptivos y épico-líricos, desde Ingreso lírico a la geo­
grafía (1939) hasta Nuevamente poesía (19Ó5) y Arco en el tiempo (1971).
Sebastián Salazar Bondy (1924-1965) es autor de una obra poética de348 NUEVA HISTORIA DE LA LITERATURA HISPANOAMERICANA
hondas preocupaciones sociales y humanas en Voz desde la vigilia
(1944), Cuaderno de la persona oscura (1946), Máscara del que duerme
(1949) y Los hijos del pródigo (1951); también es autor de teatro. Jorge
Eduardo Eielson (1921) es un poeta purista en Reinos (1945). Javier Solo-
guren (1922) tiende a una poesía de acentos metafísícos en Detenimien­
tos (1947) y Dédalo dormido (1949). Gustavo Valcárcel (1921), revolucio­
nario, es autor de poesía social en Confín del tiempo y de la rosa (1948).
Washington Delgado (1927) sigue también la corriente de reivindicaciones
sociales en Formas de la ausencia (1947). Juan Gonzalo Rose (1928-1983),
asimismo contestatario, es proclive a los temas sociales en La lu z ar­
mada (1954).
También merece mención otro nutrido grupo de poetas: Pablo G ue­
vara (1930), Augusto Elmore (1932), Eugenio Buona (1930), Cecilia Busta­
mante (1932), Manuel Scorza (1929-1983), Alberto Escobar (1929). Tampoco
se debe olvidar a Nicomedes Santa Cruz Gamarra (1925), cuya poesía se
sitúa en el ámbito de la recuperación de una presencia negrista en la lite­
ratura peruana y de un interés que no se limita al folklore, com o se
observa en Décimas (i960), Cum anana (1964), Canto a mi Perú (1966) y
Ritmos negros del Perú (1971).
Entre los poetas mencionados, de los años que van de la Segunda
Guerra Mundial a nuestros días, destacan singularmente Alejandro Ro­
mualdo (1926), Carlos Germán Belli (1927) y Francisco Bendezú (1928). El
primero es autor de una nutrida serie de libros poéticos, desde La torre
de los alucinados (1949) a Poesía concreta (1952-1954), reunida más tarde
en Poesía (1954). Com o puntos de referencia para Romualdo se puede
citar a Neruda y a Jorge Guillén, pero con orientación hacia una poesía
«concreta» que pretende dar a las cosas su auténtico nombre, interpre­
tando sin falsos sentimentalismos la situación miserable del hombre en la
tierra.
Carlos Germán Belli se inició como surrealista y, en ese sentido, ex­
presa un pesimismo fundamental ante las perspectivas que tanto la natu­
raleza com o la sociedad pueden ofrecer al ser humano. Es destacable
su libro de poemas Oh hada cibernética (1962), para algunos el texto
mas importante de ese momento en la poesía peruana. Su modernidad
se nutre de antiguos tesoros de la poesía castellana, de Manrique a Cer­
vantes, afirmando la desilusión que conlleva el vivir. Belli alcanza noto­
riedad también fuera del país con libros de acentuada madurez: El p ie
sobre el cuello (1964) y Por el monte abajo (1966). En la edición de 1967
de El p ie sobre el cuello el poeta reúne toda su obra anterior. De corte clá­
sico es Sextinas y otros poem as (1970), el poemario más notable hasta
ahora de Belli, lírico singular, proclive a reflejar con ironía la precariedad
humana mediante una expresión de renovada sintaxis gongorina, dondeLA POESÍA DEL SIGLO XX: AMEBICA MERIDIONAL 349
se recupera el arcaísmo para dar un acento nuevo, desacralizador, a moti­
vos y angustias tan viejos com o el mundo.
También surrealista ha sido Francisco Bendezú, que, atraído por la
poesía clásica española com o Belli, fue aclarando y afinando su expre­
sión poco a poco, con una especial experiencia de la poesía italiana del
pasado y contemporánea. Su adhesión a la pintura metafísica de De Chi­
rico ha sido profunda, sobre todo en Cantos (1971), A este pintor italiano
le dedica un significativo homenaje que interpreta el clima enigmático de
su obra. En su poesía se trasluce un resto de la melancolía modernista;
sin embargo, este sentimiento sutilmente melancólico lo cultiva Bendezú,
con toda probabilidad, a partir de la pintura de De Chineo, en su deso­
lado significado de esperanza fallida : más allá de la apariencia está el
enigma y más cierta la nada.
Además de los Cantos Bendezú había publicado con anterioridad Arle
menor (i960) y Los años (1961).
Uno de los poetas peruanos más relevantes del siglo xx es jorge
Eduardo Eielson (19x4); su fama ha rebasado desde hace años los límites
continentales y no solamente com o poeta, sino también como pintor. Su
creación lírica pasa del surrealismo y el neobarroquismo a la poesía dra­
mática, de tema comprometido con los problemas de su país y la condi­
ción humana.
Parte importante en la experiencia vital y artística de Eielson tiene su
larga residencia en Europa, especialmente en Italia, que acentúa la nos­
talgia de un Perú inolvidable, de «esplendor pisoteado», cuya situación
humana evoca con amor amargo. Una realidad perdida y continuamente
encontrada, parte de uno mismo, difícil de olvidar, como lo es olvidarse
de la luna «Que asoma a veces sobre Lima / Y arroja un cono de amar­
gura / Una pirámide doliente / Hecha de polvo y llanto suspendido».
Numerosos son los libros poéticos de Eielson, desde Canción y
muerte de Rolando (1959) hasta Noche oscura del cuerpo (1989), pasando
por Mutatís mutandis (1967), El cuerpo de Giuliano (1971), Reinos (1945),
Primera muerte de María (1988) y Poesía escrita (1976 y 1989). En su obra
lírica el poeta no abandona nunca la búsqueda formal y verbal. Noche
oscura del cuerpo se suele considerar su libro más significativo.
Entre 1950 y 1970 se destacan otros poetas. Los puntos de referencia hay
que buscarlos también en Pound, Brecht, Lovell, Eliot, Pessoa, Cummings,
los españoles de la «Generación del 27», Juan Ramón Jiménez, Antonio
Machado, y entre los hispanoamericanos, además de Vallejo, Neruda y
Octavio Paz. Hacia la década de 1970 pululan las revistas de poesía: Tex­
tual, Hora Zero, Creación y crítica, La tortuga ecuestre, Amaru, Mabú,
Harawi, Hipócrita Lector, La m anzana mordida, Melibea. Nacen movi­
mientos agresivos: «Hora Zero», «Estaciones reunidas», «Grupo Alfa»; o sepersigue la magia de la palabra, el barroquismo, o incluso, com o se ha
visto en el caso de Alejandro Romualdo, una poesía concreta. Las expe­
rimentaciones gráficas también son numerosas en la década de 1970, osa­
das, a veces gratuitas. Entre el abundante número de poetas se abren
paso algunos líricos de valía: poetisas com o Sería Helfgott, Gloria Claus-
sen, Carmen Luz Bejarano, Graciela Briceño, Lola Thorne; poetas como
Francisco Carrillo, fundador de la revista Harawi. próxim o a Vallejo y
a Neruda en En busca del tema poético (1959-1964); Javier H eraud
(1942-1963), maestro reconocido de su generación, vigoroso y controlado
en El río (i960) y El viaje (1961), más tarde reunidos, con otros poemas
líricos inéditos, en Poesía completa (1964); César Calvo (1940), de ento­
nación romántica en Poemas bajo la tierra y Ausencia y retardos (1963);
Pedro Gori, autor de Poesía de emergencia; Hildebrando Pérez (1941),
editor de la obra de Heraud, director primeramente de la revista Prólogo,
más tarde de Hipócrita Lector, autor de una selección de poesía de espe­
cial valor en la interpretación solidaria del elemento indígena, Aguar­
diente y Otros cantares (1978); Reinaldo Naranjo, al que se deben El día
incorporado, Éste es el hombre y Fraternidad y contiendas (1967); Wis~
ton Orrillo (1941), que en el rechazo de los maestros ensaya caminos nue­
vos en la protesta y la ironía, en Orden del día (1968); Antonio Cisneros
(1942), auténtico poeta en Destierro (1961), David (1962) y Comentarios
Reales (1964), cuya fama se extendió después de que se le concedió el
premio Casa de las Américas a su Canto ceremonial contra un oso hor­
miguero (1968); Julio Ortega (1942), que, a partir del poemario D e este
reino (1964) hasta Tiempo en dos (1966), atraviesa por diferentes orienta­
ciones que van del intimismo al tema social; Rodolfo Hínostroza (1941),
autor de Consejero del lobo (1965), poesía en la que se trasluce de manera
positiva su frecuentación del mundo clásico, Horacio, Virgilio, Propercio,
en una proyección totalmente moderna que le otorga posición preemi­
nente entre los poetas más jóvenes.
Entre los autores de poesía más recientes se cuentan muchos nom­
bres. De ellos destacamos: del movimiento «Hora Zéro», a Jorge Pimentel
(1944), Juan Ramírez Ruiz (1946), Jorge Nájar (1945), Enrique Verástegui
(1950), Feliciano Mejía (1948); del grupo «Estaciones reunidas», a José
Rosas Ribeyro, Tulio Mora (1948), José Watanabe (1946), Elqui Burgos
(1946); del «Grupo Gleba», a jo rge Ovidio Vega, Humberto Pinedo. 
Poeta agresivo es Ricardo González Vigil (1949). Siguen la tradición
peruana Abelardo Sánchez León (1947) y Danilo Sánchez Lihón (1944).
A la corriente «mágica» pertenecen Arnold Castillo (1942), Ornar Ara-
m ayo (1947), Carlos Zúñiga Segura (1942) y César Toro Montalvo (1947),
autor éste de una valiosa Antología de la poesía peruana del siglo xx
(años 6o-jo), publicada en 1978.

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